En la primera mitad del siglo XX
la fama de la cocina vizcaína era ya un hecho.
En 1929 Julio Camba dice:
“La capital gastronómica
de España debiera estar en la costa, y, especialmente,
en una costa norteña, porque es del Norte de
donde viene el apetito. Ya Bilbao, con su tridente,
amenaza el cetro de Madrid”.
En 1976 se crea en San Sebastián
el movimiento Nueva Cocina, a semejanza
de lo que ocurre al otro lado de la frontera, reprochando
a Vizcaya su poco apoyo y tardía incorporación.
Sin embargo la aportación culinaria de este
movimiento a la cocina autóctona en los cinco
últimos lustros es nula o casi nula. La cocina
vizcaína tradicional era ya “nueva”
en el sentido francés, es decir sencilla y
natural. Son años de excesiva literatura gastronómica,
y la creatividad culinaria vasca no va unida a la
sensibilidad popular de los comensales vizcaínos
o de los foráneos que degustan nuestra cocina.
No obstante tiene su lado positivo, más en
el mundo que rodea a la cocina que en el propio. Apertura
gastronómica, un mayor intercambio con las
demás cocinas, renovación tecnológica
de todos los elementos que transforman los alimentos,
una gran promoción de imagen, etc., resumiendo
una puesta a punto para estar en la vanguardia
del arte culinario. En este aspecto hoy Vizcaya
está totalmente integrada, practicando y defendiendo
estos conceptos.
Los guisos más antiguos son los que elaboran
con cebolla, puerro, ajo, perejil, bacalao, castañas
cocidas o asadas, madroños y toda suerte de
asados y hervidos con manteca de cerdo. La verdadera
revolución en la gastronomía vizcaína
y por extensión en la vasca sucede hace más
o menos doscientos años cuando los alimentos
que nos proporcionan el descubrimiento de América
toman carta de naturaleza en el País Vasco:
tomates, pimientos, patatas, alubias, maíz,
tabaco, pavo, chocolate, etc., sin cuyos productos
quedaría seriamente diezmada la cocina vasca
actual. La sustitución de la manteca de cerdo
por el aceite de oliva es un gran paso.
El hábitat de Vizcaya es privilegiado, variado
y único. El mar bravío, nos da unos
peces de una categoría excepcional gracias
a la salinidad y flora submarina del Cantábrico.
Completa el paisaje de costa, bosques, ríos,
montes y llanos. En este medio se da de todo: verduras,
frutas, hongos, pescados, carnes, caza, quesos y vinos,
con una calidad excepcional, sin duda unos de los
pilares de nuestra cocina.
Hablar de cocina vizcaína es citar fundamentalmente
la cocina de los pescados y salsas, elaborando con
esmero platos sencillos, naturales, donde cada alimento
conserva su propio sabor. Es una cocina variada, jugosa
y abundante.
El estilo de salsear del cocinero
vizcaíno es único
en la culinaria internacional, dando un toque a los
alimentos justo y preciso, nada de defecto, nada de
exceso. Los pil-pil sencillos pero geniales. La salsa
verde para los pescados basada en la gelatina de los
peces. La salsa vizcaína, roja, cuyo alma son
el pimiento choricero y cebolla, nunca el tomate,
aplicada al bacalao, patas de cerdo, morros y caracoles.
La salsa negra de los jibiones basada en su tinta
y aplicada a los chipirones.
Todos los pueblos que rodean a Vizcaya influyen sin
duda en su buena mesa: las provincias hermanas Álava
y Guipúzcoa, el País Vasco francés,
La Rioja, Navarra, Burgos y Cantabria. Si hiciéramos
un círculo tomando como centro el Árbol
de Guernica con un radio de doscientos kilómetros,
sin hacer caso de las fronteras, tendríamos
que agradecer al Creador por haber puesto en este
rincón el paraíso terrenal del gourmet
y haber dado a sus gentes sabiduría gastronómica.
En el corazón de este paraíso está
palpitando nuestra querida Vizcaya gastronómica.
José Garzón
Sáez
Especialista en Gastronomía